Divididos lanza nuevo disco y da cátedra sobre el espíritu del rock: no todo está perdido

Quince años no son nada: el último material discográfico de Divididos que tanto se hizo esperar demuestra que la Aplanadora sigue aceitada. El power trío nos regala el material más sólido, honesto y trabajado de los últimos tiempos del rock nacional. Lejos de las nostalgias fáciles y resaltando la constante búsqueda de nuevos caminos, aunque aludiendo siempre a su identidad sonora construida durante más de tres décadas. La banda juega una vez más con la ironía de las palabras y plantea desde su arte de tapa la reconstrucción de una hermandad nacional (una unidad que logra sin dudas desde lo musical). Divididos, una tormenta acumulada que por fin decanta.

Argentina24 de noviembre de 2025Augusto MontamatAugusto Montamat
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Hay discos que se anuncian durante semanas. Hay otros discos que, una vez salidos al mercado, se promocionan enormemente con los gigantescos aparatos publicitarios. Y hay discos que aparecen como si fueran un fenómeno natural, una tormenta que durante años acumula electricidad y de repente descarga. El nuevo disco de Divididos pertenece a este tercer tipo.

Quince años sin un álbum de estudio es una eternidad en el calendario de la música actual, un calendario sobreestimulado con un lanzamiento tras otro, en medio de un bombardeo sin tregua de contenido. Bajo esta lógica, no hay banda que llegue viva a semejante distancia temporal sin transformarse en una postal turística de sí misma, un recuerdo de lo que alguna vez fue, esa gloria pasada que parece cada vez más lejana. Lo normal (lo que vemos constantemente) es que cuando una banda veterana vuelve después de tanto tiempo, vuelve con olor a naftalina: la típica colección de temas que suenan como un tributo a ellos mismos, una autoparodia involuntaria (o peor, voluntaria), un eterno bucle sonoro, ecos de la misma repetición.

Pero este no es el caso. Este disco está vivo.

La banda más potente, más sólida y más honesta del rock argentino nos entrega otro poco de lo que nos viene regalando hace tanto: pasión, esta vez en forma de un nuevo álbum, uno homónimo. Y aunque esto pueda parecer una jugada comercial para aludir a los nostálgicos de siempre, junto al diseño de tapa el nombre del material cobra sentido: un pueblo desgarrado, argentinos “divididos” bajo una misma bandera que intenta suturar sus heridas, pero que éstas no terminan de doler. Más allá del arte conceptual, lo verdaderamente importante está en el contenido de ese envoltorio, la música. Y este contenido es excelente.

Como con todo buen álbum, con cada nueva escucha, lejos de gastarse y aburrir, crece y se expande. Es un trabajo que demuestra dos cosas a la vez: una, que Divididos respeta su propio ADN, manteniendo su identidad musical como marcada al rojo vivo, y construyendo una coherencia estilística a lo largo de 35 años de carrera. Y otra, que Divididos todavía se anima a cambiar, a esa búsqueda lúdica de nuevos horizontes que nos permite la música, a moverse. Y el movimiento es vida.

Este es un disco trabajado, y se nota. Como en un buen vino que se deja reposar añares para una ocasión especial, encontramos capas, aromas, cuerpo y una profundidad entre tema y trago que sólo da el tiempo. Hay decisiones que se tomaron con la paciencia de quien sabe esperar, con ese respeto casi artesanal que tiene el que disfruta lo que hace. Y el resultado es equilibrio puro, música asentada, no un trámite más.

Las canciones tienen esa densidad que aparece cuando la música se cocina a fuego lento. No hay atajos, no hay remiendos, no se toman los caminos fáciles: cada arreglo, cada riff y cada silencio están decantados, oxigenados, pulidos, y mojan de una personalidad propia a cada tema. Es música que maduró en quietud pero que explota en vida cuando llega al oído.

Mollo está en un estado vocal que sorprende: con sus 68 años no perdió el timbre tan característico ni su luz. Canta su voz, no una caricatura de ella, y lo hace con el alma, con la crudeza propia de sus gritos primales, pero sin olvidar la técnica y la afinación exquisita. Arnedo sigue siendo uno de los mejores bajistas del país (si no el mejor) y eso se vislumbra en sus líneas de bajo que no se limitan a acompañar: crean. Y Catriel, sólido, preciso, brillante, sin excesos ni ruletes, sin trucos sucios: un relojito que golpea donde tiene que golpear, y con una creatividad que vuelve a cada composición un producto dotado de un ritmo único. Los tres, juntos, son una máquina aceitada que respira junta.

La industria musical en general, y la argentina en particular, cada vez más inclinada a fabricar música sin alma, sin riesgo, sin tensión ni profundidad, evidencia el contraste creado frente al nuevo trabajo del grupo, construido desde la experiencia, la identidad, y rompiendo toda lógica comercial. Este disco no pide quedar en playlists ni viene a ocupar un lugar en los algoritmos, y sin embargo tendrá una presencia contundente dada su calidad artística y el amor incondicional de los seguidores de la banda, que en todo momento han festejado cada uno de sus pasos tanto en las redes sociales como en sus constantes recitales.Este álbum está hecho para gente que quiere escuchar música rock de verdad, y eso es lo que hace Divididos.

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